No llego proponiendo tecnología en abstracto. Llego sabiendo dónde duele.
No compito con perfiles de ingeniería de modelos. Ese no es mi terreno y no pretendo que lo sea.
Mi terreno es el día a día de una empresa en marcha: un catálogo que hay que sincronizar cada noche, un CRM que nadie ha limpiado en tres años, una cadena de suministro a diez mil kilómetros, un margen que se come la logística, una pasarela de pago que rechaza operaciones.
He gestionado esos procesos por dentro durante dos décadas. Por eso, al aplicar inteligencia artificial y automatización, la pregunta que sé responder no es «cómo se hace», sino «qué merece la pena hacer». Y, sobre todo, qué no.